lunes, 10 de junio de 2013

Tormenta de interior.

La mar estaba embravecida. La olas, rompían furiosamente contra la proa del imponente navío, creando una blanquecina espuma que lo acompañaba.
El capitán, imperturbable, gobernaba el barco con la destreza de un viejo lobo de mar, miraba desafiante a la enorme masa de agua que se alzaba ante él.



-Mi capitán -dijo un muchacho que estaba a su lado-, ¿no tiene usted miedo?

-Por supuesto que lo tengo -afirmó mirándolo con su único ojo sano-, pero si te enfrentas a él, se desvanece bajo las oscuras aguas de la mar.

De repente, se formó ante ellos un inmenso remolino, las aguas giraban amenazantes; el navío se mecía de un lado al otro con violencia, la madera crujía y se resquebrajaba de proa a popa.

El muchacho, alzó la mirada y espetó:

-Pero mamá, ¿qué haces? -inquirió mientras veía como la bañera se vaciaba rápidamente.

-¡Sal del agua ya qué te estás arrugando!

-Pero...

-No hay peros que valgan. ¡Fuera he dicho!

El muchacho salió cabizbajo, mirando su imponente buque, que contra todo pronostico, estaba intacto bajo el fondo de la bañera, esperando a ser llamado para la próxima batalla.

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