martes, 28 de mayo de 2013

Las andanzas de mi colega el Prudencio.

Todos tenemos algún amigo que está más "pallá que pacá", ya sabéis, esos que de pequeños se han dado un golpe contra la cuna; pues mi amigo Prudencio tenía las esquinas de la cuna redondeadas de tantos golpes que se daba, las de la cuna, las de la mesa del comedor, las de la mesita de noche... hasta dicen que el día de su bautismo se le cayó al cura en la pila esa donde chorrean a los niños con agua bendita. Bendita la locura que tiene él, cosa que no me extraña después de tantas hostias en la cabeza. Pero qué le vamos hacer, yo lo conocía desde la guardería y por muy loco que esté, es mi amigo, así que me toca aguantarlo por cojones.

Continúa...

En fin,que os podría contar mil y una historias sobre este personaje, pero no es plan de escribir aquí la Biblia 2.0, así que os contaré alguna que otra cosilla de Pruden:

Eran las cuatro de la tarde. Yo me encontraba en el sofá, ahí, tirado a la bartola (no, la bartola no es mi vecina con gafas de culo de vaso; es una manera de tumbarse en el sofá), viendo por obligación el puto "Aquí hay tomate" mientras escuchaba al marica de Jorge Javier Vazquez diciendo todo el rato "que fuerrrrrrrrte, que fuerrrrrteeeee"; que no es que yo tenga algo en contra de este señor... hombre... señora, o lo que mierda sea, pero es bastante jodido escucharlo en la televisión a todo volumen. Mi madre, que sorda no estaba la mujer, pero quizá se pensaba que eso era una puta disco móvil, o que la vecina que vivía dos manzanas abajo no tenía tele y quería escucharlo también... vaya usté a saber.

En fin, lo que os decía, que eran las cuatro de la tarde cuando sonó el timbre de mi casa:

"Riiing, riiiiiing, riiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiing, riiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiing, riiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiing"

Joder, pegué un salto del sofa; más que por el timbre, por el miedo; eso parecía una alarma nuclear.

-¿!Quién es!? -pregunté cabreado al descolgar el telefonillo.

-¿Quién vaser? Soy yo, Prudencio Gonzalez. Baja que estoy abajo.

Pruden era un maestro en eso de decir cosas obvias, ya sabéis, el típico que siempre te pregunta: "¿ya has venido de vacaciones?", "¿te has cortado el pelo?"... y encima tenía la puta manía de decir siempre su apellido, como si tuviéramos cinco años.

-¿Tío, no habíamos quedao a las nueve de la noche? Son las cuatro, colgao.

-Sí, ya lo sé -contestó Pruden-, pero mis padres otra vez se han puesto a follar en mi casa estando yo. Tendrías que que escuchar la que estaban liando, colega. Mi madre chillaba como una perra: "joder, Narciso, esto es un campo de batalla. Mete el cañón bien endentro que estoy que ardo, mi capitán"...

-Vale, vale, gilipollas. Sube, que no es plan que se entere todo el vecindario de lo que hacen los viciosos de tus viejos- o lo frenaba ahí, o se ponía a contar todas las "batallitas" de sus padres.

-Vale, pues subo. Abre que subo.

Le abrí y a los tres segundos ya estaba arriba con la lengua fuera. Lo miré de arriba a abajo: venía vestido para salir, con su americana de fucker , una camisa blanca debajo, unos tejanos desgastados... y en vez de llevar zapatos, llevaba esos zuecos demigrantes que se ponen los médicos y, encima, de color lila que eran. Todo un caballero, oye.

-¿Qué mierda haces con esos zapatos? -le pregunté mientras cerraba la puerta del piso.

-Joder, colega... los zapatos estaban en el cuarto de mis padres. Cualquiera entra ahí sin salir herido con tantas balas.

-Me cago en la puta. ¿No pensarás salir con esa mierda?

-Me sua la polla, ya ves tú... pero si quieres vas tú a mi house y le pides los zapatos a mi vieja; quizá la pilles con su camisón de raso y... el casco de guerra.

-Anda, gilipollas, cállate. Ya te dejo yo unos zapatos o lo que sea.

Pasamos un rato en mi cuarto, escuchando de fondo la bella melodía del puto programa del tomate y echando unas partidas a la play hasta que llegó la hora de salir.
Me vestí medio decente, le dejé unos zapatos a Pruden y nos fuimos a tomar algo para hacer tiempo hasta ir a la discoteca del pueblo.
Al llegar a la discoteca lo perdí de vista y no lo encontré en toda la puta noche. Así que me piré a mi casa para no estar solo en esa discoteca llena de canis.

Cuando ya llevaba más de dos horas durmiendo, sonó el timbre:


"Riiing, riiiiiing, riiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiing, riiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiing, riiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiing"

-¿Quién es? -pregunté medio dormido.

-Soy yo, Prudencio Gonzalez.

-¿Qué mierda quieres ahora? Estaba dormido, gilipollas.

-Abre que subo.

-¡Una mierda vas a subir! ¡Qué estoy durmiendo, joder!

-Abre, tío, que tengo un ligue -me dijo en voz baja.

-¡Qué te jodan!

-Abre va, que no están tus padres... por favor, colega, no puedo ir a mi casa. Es sábado y mis padres seguro que todavía estarán jugando al Risk.

Me lo pensé unos minutos y decidí dejarle subir. Tampoco era plan de dejarlo sin follar; yo me dormiría y que él hiciera lo que le diera la real gana.

Cuando lo vi entrar por la puerta me quedé paralizado: no sabía que yo que Pruden era aficionado a Moby dick y que, en su honor, fuese a venir con un ballenato con más bigote que un pez gato. Les saludé y me fui a la cama echando leches. No quería tener nada que ver con ellos, y menos en mi casa, donde no tenía el arpón para la pesca mayor.
Me costó pegar ojo con los alaridos que pegaban ambos (luego Pruden se quejaba de sus padres el muy cabrón), pero al final caí redondo y no tuve ninguna pesadilla con la amiga de mi colega.

Al día siguiente me desperté a las tres de la tarde, comí y me eché un rato en el sofá hasta que volvió a sonar otra vez el puto timbre de los huevos:

"Riiing, riiiiiing, riiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiing, riiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiing, riiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiing"

-¿Quién es? -pregunté después de pegar un bufido como el de un gato en una pelea callejera.

- Soy yo, Prudencio Gonzalez. Baja que estoy abajo.

-Puto pesado eres con el Prudencio Gonzalez de los huevos... a ver si cambias una puta vez de frase, capullo.

-Qué bajes o te quemo el timbre, gilipollas -ladró Prudencio Gonzalez.

-Ya bajo, inútil.

Me vestí, bajé, y nos fuimos al parque del pueblo a fumarnos unos petas. Nos sentamos en un banco; no pude esperar más y le pregunté:

-¿De donde sacaste a esa tía ayer? ¿Del mar? ¿Del zoo?

-Que mierda dices -espetó Pruden-. ¿Qué tía ni qué dos cuartos?

-Con la que viniste a mi casa, payaso.

-Joder, no me acuerdo de nada, tío... tengo apnea.

-¿Apnea? Querrás decir amnesia, gilipollas.

Pruden era un personaje con las putas palabras; se las inventaba y encima creía tener siempre la razón y no equivocarse nunca. Parecía mi madre cuando hablaba del "feirsbuk" o el "Wassat".

-Amnesia es una discoteca, a mí no me la pegas. Eres un puto insulto de mierda -supongo que me quería llamar inculto, o vete a saber.

-Vale, lo que tú digas, pero no te hagas el loco y suéltalo ya.

Me miró con cara de pistolero del oeste y me dijo:

-Buf... no veas que "jartá" de follar, colega... le pegué tres o cuatro polvazos. No veas la zorra como botaba, como para tirar la casa abajo.

En lo de tirar "la casa abajo" le creí, vaya si le creí... la casa y el bloque entero si se lo hubiera propuesto la orca esa.

-Qué hijo puta llegas a ser... y encima en mi sofá favorito -le increpé-. ¿Te la chupó, o qué?

-Claro que sí, tío... no veas como me ha dejao la polla, la tengo toa colorá, colega. Parecía una aspiradora.

-Sí aspirar aspira, pero comida... además, no me extraña que te dejase la polla toda colorada con ese Scotch Brite que tenía en el labio superior; tenía Más bigote que Stalin.

-¿Quién es ese tal Stalin? -preguntó Pruden. Era muy típico de él eso de irse por las ramas.

-No me digas que no sabes quién es Stalin...

-Claro que sí, desgraciao, te estaba probando. Es un jugador de los Chicago de Memhpis, insulto.

En fin, decidí no corregirlo  y que siguiera contándome como le fue con el cachalote.

-Vale, ¿y qué más pasó?

-Pues nada más, hijoputa... estuvimos follando un montón de rato y me corrí dentro de ella, ja, ja, ja, ja.

-¿¡Qué te corriste dentro de ella!?

-Lo que escuchas... si estas sordo, vete al podólogo, pero a mí no me comas la olla, tío.

Y así es como quedó todo: Pruden quizá dejó preñada al ballenato sin él saberlo. ¿Quién sabe? Quizás tendrá que irse a vivir a un acuario para tener a sus retoños. Quién lo diría, Pruden el señor zoólogo.

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