La señora Pepita, más católica que la virgen María, y más tradicional que las recetas de la abuela, tiene a su marido consumido perdido, el pobre hombre parece un espectro andante de tanto follar.
Por lo visto, se dejan una buena pasta comprando viagra en el mercado negro porque su médico le ha dicho que no le puede recetar tantísimas pastillas. Todo es culpa de la madre de mi colega, es insaciable. Hay dos cosas que las hace incansablemente: follar, y hacer magdalenas. Hasta en la cena de fin de año tienen que comer magdalenas en su casa...
Yo hace mucho tiempo que temía quedarme a solas con ella, es totalmente comprensible, no me iba a follar a una anciana, joder... Pero ese día llegó:
Fui a casa de mi colega y su madre me abrió la puerta; iba vestida con una bata de abuela de color rosa demasiado corta, en zapatillas y con sus eternos rulos; desde el primer día que la vi siempre llevaba rulos la mujer, parecían haber echado raíces en su cabeza.
-Hola, Escritrol, ¿cómo te va la vida, guapo? -me dijo mientras abría la puerta y me hacía un gesto para que entrara. Mientras hablábamos, pasamos al comedor y nos sentamos en el sofá. La mujer se sentó un poco abierta de piernas, demasiado abierta... no llevaba medias y la corta bata dejaba demasiada carne al aire libre.
-Hola, Pepita. Me va muy bien, gracias -contesté con educación mientras evitaba mirar los bajos fondos de ella-. Vengo a ver a su hijo que hace un montón de tiempo que no paso.
-Ahora no está, pero no tardará mucho.
-¿Y su marido, qué tal está? -pregunté esperando que dijera que estaba en el baño... Me temía lo peor.
-Ah, tampoco está, ha salido a ver una obra -el hombre, como buen jubilado, había cogido su cartón de siempre para sentarse y se había ido a mirar las obras públicas. Pasatiempo muy de moda entre los ancianos del pueblo-. Pero ven, vamos a la cocina que acabo de hacer unas magdalenas -sentenció levantándose y haciendo un ademán con la mano para que la siguiera.
Me levanté y la seguí hasta la cocina cagado de miedo. Seguro que al pensar en las magdalenas, uno de sus vicios, también habría pensado en el otro: follar a todas horas. Al entrar, no sé como se lo montó, pero me pegó el culo a mi polla, bien pegado... se movía como una gelatina celulítica mientras me rozaba y se contoneaba. Yo, de la vergüenza, me quedé paralizado. Pero ésto no fue lo peor...
La mujer se separó un poco de mí, se agachó para coger las magdalenas y la bata se le levantó dejando al descubierto su gran culo celulítico y peludo... Que imagen más grotesca y perturbadora tuve que ver, joder. No me arranqué los ojos porque los necesitaba para volver a casa.
Juro que intenté no mirar, pero me fue imposible...
La imagen era vomitiva, lamentablemente horrenda, perturbadora, dantesca... pero me la puso dura, muy dura. Así que me acerqué y empecé a tocarle las piernas de abajo a arriba. Sí, pinchaba mucho, pero me daba igual, yo me puse cachondo. Le acaricié el culo gelatinoso mientras se movía como el oleaje lo hace en alta mar.
Tan concentrado estaba yo en la faena que no escuché la puerta de entrada... noté una presencia detrás de mí, me giré, y ahí estaba: mi colega, mirándome como si el mismísimo fantasma de Hitler estuviese frente a él, si la casa se le fuese caído encima, se habría quedado en la misma postura, seguro...
No supe que hacer durante unos segundos y cuando reaccioné me puse a chillar:
-¡¡¡¡Que me he vuelto loco, que me he vuelto loco!!!! -dije mientras echaba a correr y salía de su casa para no volver jamás. No sé que le dijo a su madre o la explicación que le dio ella; no lo he vuelto a ver jamás ni espero volver a verlo tampoco... se me caería la cara de vergüenza.
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