Esa mañana me levanté como muchas otras; con una gran pereza y sin ánimos de hacer algo de provecho. Últimamente, mi vida carecía de sentido alguno, la monotonía y la desdicha se habían apoderado de ella. A pesar de todo, me obligué a salir a la calle para comprar el periódico y tomarme un café. Estos eran los únicos lujos que me podía permitir, la pequeña ayuda que me daba el gobierno, no daba para más.
El día estaba gris, el color plomizo del cielo daba paso a un negror apocalíptico y amenazante, ni un rayo de sol era capaz de penetrar los densos nubarrones; el olor a tierra mojada ya empezaba a impregnar el ambiente. Una vez compré el periódico y viendo lo que se cernía sobre mi cabeza, decidí entrar en la cafetería, la misma de siempre, obviamente; me senté en mi habitual mesa, donde pedí mi acostumbrado café irlandés. Así somos de rutinarias las personas, aunque las cosas nos vayan mal, ahí seguimos, haciendo lo mismo de siempre, sin hacer nada nuevo para cambiar la situación en la que estamos, como si sintiéramos un macabro placer en nuestras desgracias, en un bucle infinito de dolor propio; pero ese día... ese día sería el principio del fin de mis desdichas, por supuesto, en ese entonces no era consciente de lo que se me venía encima.
Unos pasos acercándose, me distrajeron de la lectura del periódico;